Annie negó con la cabeza.

– Lo dudo.

– ¿Por qué?

– Porque Melissa iba a tomar el primer avión de la mañana. No creo que siga aquí.

– ¿Quién te lo ha dicho?

– El primo de Robbie trabaja en la gasolinera. Melissa paró a repostar gasolina y le contó toda la historia.

– Ya… así que a estas alturas ya se ha enterado todo el valle.

– Supongo que sí.

Tom dejó el té en la mesilla y se sentó mejor. Su hija seguía completamente dormida y pegada a él.

– Bueno, pues no sé qué hacer. Sé que la madre de Melissa no se responsabilizaría de la pequeña, porque de otro modo no estaría aquí.

– ¿Y tus padres?

Tom soltó una carcajada.

– ¡Estás loca!

– Pues entonces sólo quedan dos posibilidades. O se queda contigo o la das en adopción.

– No sería tan duro si no se pareciera tanto a mí -dijo Tom.

– Si tú lo dices -respondió Annie muy poco convencida.

Annie se quedó allí, de pie, esperando.

A lo largo de su carrera como médico, se había tenido que enfrentar en más de una ocasión con padres a los que consumía el dolor de ver a sus pequeños marcharse de este mundo.

Tom sólo acababa de empezar a intuir lo que ser padre podía significar.

Tom dio un sorbo de té y miró a Annie.

– ¿Sabes algo sobre los procedimientos de adopción?

– ¿Nunca hasta tenido una paciente que quisiera dar a su hijo en adopción?

– Por suerte, no.

– Bueno, pues yo sí. Cuando te decidas, te ayudaré si es necesario… -Annie no pudo continuar. Miró al hombre y a la niña. Eran perfectos, la pareja ideal de padre e hija.

Algunas decisiones eran realmente duras.

– Cuando tú me digas, llamaré a la oficina de adopciones. Ellos encontrarán una familia adoptiva provisional. Eso puede hacerse ya, hoy mismo, si llamo antes del mediodía.



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