
No había ni una sola cara bonita en todo el distrito que no hubiera pasado por su cama. Tom se aprovechaba de lo guapo que era.
¿Y Annie?
Tenía veinticinco años y era siete más joven que Tom. Llevaba ocho meses en Bannockburn. Era estudiosa y tranquila.
Tom y ella hacían un buen tándem profesional. Pero en lo personal a Annie la desquiciaba aquella vida mujeriega de su colega.
Así que Annie tendida en mitad del corredor se sentía como una auténtica necia.
De pronto, el bulto con el que se había tropezado comenzó a moverse. Anna se apartó como si quemara. ¡Estaba vivo!
Agarró el paquete entre los brazos. Estaba calentito y mullido. Apartó ligeramente las ropas. De la profunda cavidad que formaban las mantas surgió un lloro.
¡Era un niño!
Los perros de Tom habían oído el ruido así es que se pusieron a ladrar como endemoniados al otro lado de la puerta. Ésta se abrió.
Allí estaba Tom, de pie, observando a una Annie patética, caída en el suelo con un bulto en los brazos.
Una voz femenina irrumpió.
– ¿Quién es Tom? ¿Qué es eso que hay en el suelo?
– Es Annie -dijo Tom desconcertado-. ¿Qué haces ahí?
Annie no respondió. Con una mano trataba de defender al bebé de las babas de los perros y con la otra intentaba apartar las ropas para ver si estaba bien. Se había tropezado con él y podía estar herido.
– ¿Te has hecho daño? Annie, ¿qué es eso? -de pronto reparó en lo que llevaba en los brazos-. ¿Qué demonios…?
– ¡Aparta a los perros! -exigió Annie-. Ahora.
Casi no había acabado de decirlo cuando los perros y la mujer que lo acompañaban ya estaban detrás de la puerta cerrada.
– ¿Qué ocurre, Annie? ¿Qué está pasando aquí?
– No lo sé -murmuró Annie, mientras abría sucesivas capas de mantas y sábanas.
El bebé llevaba un pijamita. Estaba congestionado y empezó a llorar. Movía las piernas y los pies a toda velocidad. Pero estaba perfectamente, nada le había sucedido. La ropa lo había protegido del impacto.
