
– Annie… -Tom se había sentado en los talones y miraba anonadado.
– ¿Sí? -Annie levantó la mirada un segundo y luego volvió a centrarse en el bebé-. Está bien. Voy a llevarlo a algún sitio caliente para desvestirlo…
Tom estaba realmente desconcertado. Llevaba unos vaqueros y una camisa abierta hasta la cintura, lo que dejaba ver su impresionante torso.
Había incluso alguna huella de carmín sobre su piel. La visión de aquel cuerpo escultural dejó sin respiración a la pobre Annie. La verdad era que siempre había tenido la capacidad de sacudirla de los pies a la cabeza. Pero su mejor defensa era concentrarse en su trabajo y aquella no iba a ser una excepción.
– Annie, ¿te importaría explicarme qué significa todo esto?
– No tengo ni idea -dijo Annie. Le desabrochó la parte de abajo del pijama-. Es una niña. Doctor McIver, esta niña estaba a su puerta. ¿Será de la amiga que tiene dentro?
– ¡Estás loca! Si dejamos los perros dentro, ¡cómo vamos a dejar un bebé fuera! -la sonrisa de Tom era, sencillamente, magnética. De pronto se dio cuenta de lo que Annie acababa de decir-. ¿Dónde has dicho que estaba?
– Delante de tu puerta.
La sonrisa desapareció.
– ¿Te tropezaste con…?
– Si no pertenece a tu amiga, ¿de quién demonios es? Es demasiado pequeña para haber venido gateando. Esta niña no tiene más de dos meses.
Miró al pequeño paquete, que lloraba desconsolado.
Levantó la vista. Ambos estaban desconcertados.
Annie se levantó. Y, de pronto, un papel cayó de entre las mantas.
Tom lo agarró y lo abrió. Comenzó a leer. El color de sus mejillas se desvaneció.
– ¿Tom?
No respondía. Miraba al papel como si se tratara de una pesadilla.
– ¿Qué ocurre? -insistió Annie.
Sólo entonces Tom levantó la cabeza. Pero no estaba viendo a Annie.
