
Annie leyó y releyó la nota una y otra vez. Luego miró a Tom.
Estaba realmente sorprendido, en estado de shock.
A pesar de la grave situación en que se encontraba la pobre pequeña, la imagen que tenía delante le arrancó una sonrisa.
Tom lo vio.
– Doctora Burrows -dijo con una voz profunda, peligrosa-. Doctora Burrows, si sigue sonriendo de ese modo, acabaré por estrangularla.
– ¿Quién está sonriendo? -dijo ella sin modificar un ápice su gesto. Al ver el ceño gravemente fruncido de su jefe, decidió cambiar la sonrisa por un intento de seriedad-. No creo que la situación de esta pequeña sea para tomársela a risa.
Desde luego, Tom McIver no tenía ningún motivo para reírse. La niña, sin embargo, parecía feliz.
– Annie…
– Lo siento, Tom -Annie trató de mantener la compostura.
En realidad, tenía razón. No era, en absoluto, una situación divertida.
Pero había algo de novedoso y agradable para ella: por primera vez se habían invertido los papeles.
Tom siempre había estado al control de todo.
Llevaba seis años a cargo de aquel hospital. Desde el primer momento, a Annie le había quedado claro que lo que el doctor buscaba era alguien que hiciera lo que a él no le gustaba y que le permitiese tener tiempo para divertirse.
Y así lo había hecho durante los seis meses que ella llevaba allí. Eso sí, nunca se divertía con Annie.
En una ocasión, poco después de llegar, había escuchado un comentario que Tom le hacía a otra persona.
– Es competente y ordinaria. Si tenemos un poco de suerte, se convertirá en una agradable médico solterona, dedicada en cuerpo y alma a su trabajo. La ciudad obtendrá un beneficio de su dinero.
Annie había estado a punto de dejar el hospital después de aquello. Pero le gustaba el trabajo y el lugar.
