¡El parecido era increíble!

– Te ha costado librarte de Sarah, según veo -comentó Annie.

Como siempre, Tom la ignoró por completo. Estaba claro que desde su punto de vista, Annie era como una hermana pequeña.

Tom se aproximó a ella, sin apartar la vista del bebé.

Ciertamente, era delicioso, uno de esos bebés que uno quiere llevarse a casa sin pensárselo dos veces.

Tom continuaba atónito, mirando al bebé. El único sonido que se oía era el succionar de la niña.

Sin pensárselo dos veces, Annie decidió romper el silencio.

– Tom, ¿es tu hija?

Al oír la pregunta, Tom retrocedió, pero sus ojos permanecieron fijos en el rostro de la pequeña. Era como si estuviera viendo un milagro.

– ¡No!… bueno…

– ¿Puedo leer la nota?

Tom se metió la mano en el bolsillo de la camisa, pero no llegó a sacar el papel.

Annie se levantó, se acercó a él y le puso la niña en los brazos.

El parecido era increíble.

Tom miró durante unos segundos la carita sonriente de la criatura. El bebé sonreía y sonreía, sin importarle la cara de susto del doctor. Finalmente una mueca se esbozó en su rostro. ¿Cómo podía resistirse?

El parecido fue aún mayor.

Annie metió la mano en el bolsillo de Tom. Él estaba demasiado perplejo para protestar por nada.

Tenía una amiga que tenía un bebé y se marchó a vivir a un kibbutz y me sonó tan bien que decidí hacer lo mismo. Por eso me quedé embarazada de ti. Pero luego me di cuenta de que era una estupidez, porque los niños te atan y acabo de conocer a un tipo estupendo que no quiere un bebé. Así es que si tú no la quieres, dala en adopción. Si quieres que firme los papeles, mi madre me los mandará. Envíaselos a ella.

No le he puesto nombre. Me parecía una tontería si no quería quedármela.

Sé que te engañé para quedarme embarazada y seguramente tú tampoco la querrás. Pero mi madre me dijo que debía darte la oportunidad de tomar esa decisión.



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