
Para evitar mirar hacia él y quizá encontrarse con esa mirada fija y turbadora de nuevo clavada en ella, se puso a examinar con desagrado el esmalte color magenta de las uñas de sus pies. Se las había pintado esa misma mañana, pensando que quedarían bien en contraste con el conjunto informal de seda color crema que llevaba puesto, pero los tonos púrpura resultaban demasiado chillones. Debería haber utilizado un tono porcelana, algo delicado y casi transparente acorde con el conjunto, en lugar de contrastar con él. En fin, de los errores se aprende.
Cuando el asesino no contestó, cuando no se apresuró a responder a Rafael que había sido un honor haber trabajado para él como solía hacer el resto, los dedos de Rafael tamborilearon con impaciencia en su muslo. Era un tic nervioso que tenía cuando no se sentía a gusto, un pequeño pero elocuente gesto, al menos para Drea. Ella había estudiado cuidadosamente cada uno de sus estados de ánimo, cada uno de sus hábitos. No estaba precisamente asustado, pero él tampoco se fiaba, lo que significaba que en la sala ya había dos hombres inteligentes.
– Me gustaría ofrecerte una prima -dijo Rafael-. Cien mil dólares más. ¿Qué te parece?
Drea no levantó la vista, aunque rápidamente procesó la oferta y lo que ésta significaba. Se tomaba muchas molestias para no demostrar nunca interés alguno en los negocios de Rafael y cuando ocasionalmente él le había consultado sobre asuntos muy puntuales pero importantes, ella había fingido que no entendía lo que él quería decir. Por eso Rafael no era tan cuidadoso delante de ella como lo hubiera sido de otro modo. Para él, ella no se interesaba por nada que no la afectase directamente, y en cierto modo era cierto, aunque no exactamente de la manera que Rafael creía. Él suponía que a ella le traía sin cuidado a quién había matado en su lugar el asesino, que sólo le interesaba lo que se ponía, cómo estaba su pelo y hacer que Rafael tuviera buen aspecto convirtiéndolo en alguien tan sexy y glamuroso como ella misma.
