Se preocupaba principalmente por esto último; fomentar la buena opinión de los demás sobre Rafael haciendo que siempre mantuviera una forma de ser comunicativa y agradable. Drea examinó la tobillera de platino y diamantes que rodeaba su tobillo derecho, le gustaba la manera en que los diamantes colgantes brillaban a la luz del sol, la manera en que el platino resplandecía en contraste con su piel morena. La tobillera había sido uno de los regalos que Rafael le había hecho en uno de esos días en que estaba realmente contento por algo. Tenía la esperanza de que su satisfacción con el éxito del asesino lo pusiera de un humor igualmente propicio; no le importaría tener una pulsera a juego, aunque nunca lo había insinuado. Siempre tenía especial cuidado en no pedir nada a Rafael y en maravillarse ante todo lo que le regalaba, aunque fuera horrible, porque incluso las porquerías horribles se podían vender.

No se hacía ilusiones sobre la perpetuidad de su posición en la vida de Rafael. Ahora mismo se encontraba en la cresta de la ola, lo suficientemente madura para ser femenina, lo suficientemente joven para no tener que preocuparse por las canas o las arrugas. Pero dentro de un año o dos, ¿quién podía saberlo?

Rafael acabaría cansándose de ella y, para cuando lo hiciese, quería tener a su disposición un pequeño colchón económico propio, principalmente en forma de joyas. Drea Rousseau sabía lo que era ser pobre, y tenía la intención de no volver a serlo jamás. Había roto todos los lazos con la niña con la que había crecido, la basura blanca de Andie Butts

– A ella -dijo el asesino-. La quiero a ella.

¿Quién era ella? Andrea alzó la vista con interés… y le dio un vuelco el corazón.



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