
– Pídeme otra cosa -dijo Rafael cansinamente, rodeándola con su brazo y acercándola hacia él-. No puedo regalar mi amuleto de la suerte. -Le dio un beso en la frente y Drea le sonrió, casi sin fuerzas y con alivio, aunque había intentado disimular que por un momento se había sentido realmente asustada.
– No quiero quedármela -dijo el asesino con desdén, sin apartar la vista del rostro de Drea-. Sólo quiero tirármela. Una vez.
Tranquilizada por la inmediata negativa de Rafael a la respuesta, y nuevamente confiada, Drea se rió. Tenía una risa dulce, tan armoniosa como el repicar de las campanas. Rafael le había dicho una vez que le recordaba a un ángel, con su cabello rubio y rizado, sus grandes ojos azules y su risa como campanillas. Ella utilizaba su risa de forma tan deliberada como si fuera un arma, recordándole a Rafael sin palabras que de hecho ella era su ángel, su buena suerte.
Con el sonido, todo el cuerpo del asesino pareció ponerse en tensión. Su atención estaba tan centrada en ella que casi podía sentirla en su piel. Hasta entonces, si hubiera pensado en ello lo suficiente, Drea habría dicho que él ya estaba alerta, pero ahora de alguna manera lo estaba mucho más, como si todos sus sentidos se hubieran agudizado, su mirada se había intensificado de tal manera que sentía cómo le quemaba en la piel y su risa sonó tan brusca como si él le estuviera agarrando la garganta con la mano.
– Yo no comparto -dijo Rafael, y una sombra de irritación subrayó la tranquilidad de su tono. El jefe nunca compartía a su mujer; si lo hacía, perdía una ventaja importante en la autoridad que ejercía sobre sus hombres. Seguramente el asesino lo sabía. Pero estaban solos en el ático, sin testigos de lo que Rafael hiciera o dejara de hacer, tal vez por eso había pensado que podría obtener lo que quería.
