Rafael era latino; saber que el asesino había practicado el sexo con ella haría que él perdiese todo su interés en ella, quizá hasta tal punto que ni siquiera intentaría seguir con ella. No estaba lista para marcharse, todavía no, así que dejaría que pensara que no había pasado nada.

– ¿Ni te tocó? -Ahora el tono de Rafael revelaba pura sorpresa.

– Ahora ya sois dos, ¿no? Él tampoco me quiso.

Ella no quería decir eso, el tono de rencor era demasiado agudo y violento, pero las palabras brotaron de ella. Lamentó haber dejado entrever hasta ese punto sus verdaderos sentimientos, aunque el sentimiento era auténtico y eso aportaría mayor realismo.

Una vez era suficiente.

Bueno, aunque él bajase al infierno y volviese, una vez era más que suficiente para ella. Ahora sabía lo que había estado haciendo: jugando a algún tipo de juego con Rafael, uno tan sutil que Rafael no tenía ni puta idea de que se suponía que él también estaba en el campo. Era un juego de supremacía sexual y el asesino había ganado, dándole tal sobredosis de placer que se había vuelto loca y había acabado pidiéndole que la llevara con él. Había caído de cabeza en la estupidez, y ni había recuperado el raciocinio ni había sido capaz de detener ese estúpido llanto.

La angustia la invadió de nuevo, con energías renovadas y poderosa, y enterró la cara contra sus rodillas dobladas mientras lloraba.

Rafael se inclinó a su lado, como si no pudiera decidir qué hacer. Nada en su relación lo había preparado para esto; Drea siempre había sido complaciente, sonriente, superficial y ornamental. Nunca la había visto enfadada, ni siquiera molesta. Sería capaz de apostar que él pensaba que a ella no le interesaba nada más que ir de compras, a la peluquería y a hacerse la manicura, aunque ella había hecho un gran esfuerzo para hacerle creer eso.

Finalmente, dijo:

– Voy a traerte un vaso de agua. -Y desapareció dentro.



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