Drea se separó de él, incapaz de soportar siquiera un roce suyo accidental.

– No, no hagas eso -dijo toscamente.

Se secó la cara con la manga del albornoz.

– No quiero tu compasión.

Más lágrimas rodaron para ocupar el lugar de las que había enjugado.

– Sabía que no me amabas -susurró-, pero yo… yo pensaba que tenía una oportunidad, pensaba que algún día lo harías. Supongo que ahora lo tengo más claro, ¿no?

Sus labios y su barbilla temblaron mientras clavaba la vista en el infinito, aunque la mayor parte de la vista estaba bloqueada por la pared. No se atrevía a mirarlo directamente, temerosa de que descubriera en sus ojos el tremendo odio que sentía por él. Gracias a Dios, esas condenadas y estúpidas lágrimas no paraban, aunque tuviera que hacer creer a Rafael que estaba llorando por él, en vez de por…

No. No estaba llorando por ese puto asesino. No quería saber por qué lloraba, pero definitivamente no era por él. Quizá se había vuelto loca, o algo así. Pero, loca o no, lo haría por todo lo que se merecía. Se estaba aprovechando del ego de Rafael, aprovechándose de que se sentiría tan halagado porque al final ella se hubiera enamorado de él, que sería capaz de creerse toda la mierda que ella le estaba soltando.

Se puso en cuclillas a su lado y sus oscuros ojos buscaron su cara. Drea continuó mirando al frente y se secó la cara una vez más. Tal vez no podía hacer nada más con lo que había sucedido hoy, pero tenía la maldita certeza de que haría algo con Rafael Salinas, o moriría en el intento.

– ¿Te hizo daño? -preguntó finalmente Rafael, en voz baja, con tono apagado y con un deje diferente al que le había oído utilizar hasta ahora.

No se paró a pensar, simplemente se dejó llevar por su instinto:

– Ni me tocó. Yo me enfadé y él se fue. Dijo que no merecía la pena tomarse la molestia, así que se marchó.

Sonrió fugazmente con amargura.

– Supongo que todavía le debes los cien mil dólares. Lo siento.



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