
Desde el principio de su relación con Rafael había empezado a dar pasos para asegurarse su futuro. Él le había regalado varias joyas, aunque ella en ningún momento había asumido que le dejara quedarse con ellas cuando la plantase. Para sortear dicha eventualidad, había hecho fotografías de cada una de las piezas y había mandado hacer duplicados de cristal -falsificaciones perfectas que le habían costado cientos de dólares, pero la inversión merecía la pena-. Cada vez que se ponía una de las joyas reales, cuando se la devolvía a Rafael para que la guardase en la caja fuerte lo que le daba era la falsificación. Rafael guardaba las falsificaciones y, cuando podía, ella se escapaba al banco en el que tenía una caja de seguridad sobre la que él no tenía ni idea.
Podría vivir durante un tiempo, y bien, con el dinero que obtendría de la venta de las joyas, pero eso no era suficiente. Que ella se hubiera quedado con las joyas le pondría furioso, pero eso no sería un golpe bajo, un insulto que lo hiriese en lo más profundo de su ser. Además, él le había regalado las joyas así que, de todos modos, eran suyas. Quería hacer algo que lo dejara en ridículo, que acabara con él.
Sí, era peligroso. Lo sabía. Pero lo había estudiado y, una vez que estuviese fuera de la ciudad tenía una ventaja; Rafael era un hombre de ciudad. Había vivido toda su vida en Los Ángeles y en Nueva York. La zona rural de Estados Unidos era tan desconocida para él como Tombuctú, en cambio ella se había criado en un pueblecito en medio del campo y sabía cómo pasar desapercibida, cómo mezclarse. Había muchos lugares donde podría reinventarse a sí misma. Él no se esperaría eso, porque la creía demasiado tonta como para burlarlo, pero muy pronto le demostraría lo contrario.
