Hizo una pausa y añadió a la ligera:

– No le hagas daño.

Sin ni siquiera volver a mirarla, cruzó la sala de estar dirigiéndose hacia la puerta.

– ¿Qué? -gritó Drea irguiéndose, incapaz de pensar con claridad. ¿Qué estaba diciendo? ¿Qué estaba haciendo? ¿Era una broma, no? ¿No?

Drea clavó su mirada desesperada e incrédula en la espalda de Rafael mientras él caminaba hacia la puerta. No quería decir eso. No podía haber querido decir eso. En algún momento se daría la vuelta y se reiría, disfrutando de su broma a costa del asesino, sin importarle haberla puesto a ella al borde del infarto. No le importaba que le hubiera dado un susto de muerte, no le diría ni una palabra sobre ello si él se detuviese, si dijera: «¿De verdad creías que estaba hablando en serio?».

No era posible que la hubiera entregado al asesino, no era posible…

Rafael llegó hasta la puerta, la abrió… y se fue.

Casi sin aliento, con los pulmones oprimidos por la incipiente oleada de pánico que amenazaba con ahogarla, Drea se quedó con la mirada fija en la puerta sin ver nada. Ahora él la abriría y se reiría. En cualquier momento, Rafael volvería a entrar.

No miró al asesino, no se movió, no pestañeó, se había quedado helada. Su propio pulso rugía en sus oídos, los latidos de su corazón eran como truenos. La enormidad de lo que Rafael acababa de hacer era tan insoportable que no era capaz de asimilarlo. Su cuerpo y la mayor parte de su cerebro se habían quedado paralizados, pero una parte de su mente todavía funcionaba, todavía alcanzaba a comprender que Rafael la había arrojado a las garras del león y que, a continuación, se había ido sin dudar y sin volver la vista atrás ni por un momento.



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