
El asesino entró en su campo de visión, se acercó en silencio a la puerta y la cerró con todos los cerrojos, los pestillos e incluso deslizó la cadena de seguridad en su ranura. Nadie sería capaz de entrar, ni siquiera con una llave, sin que él se diera cuenta.
Su cuerpo volvió a la vida y ella echó a correr, haciendo repiquetear sus tacones por las baldosas de mármol. Su cuerpo tenía voluntad propia, movido por la desesperación, sin ningún tipo de pensamiento o plan. Se lanzó hacia la entrada, luego la razón la hizo detenerse súbitamente mientras su cerebro se sincronizaba con su cuerpo. Al final del pasillo estaban los dormitorios, y ése era el último lugar al que ella quería ir.
Miró a su alrededor con desesperación. La cocina… había cuchillos, un mazo para la carne, tal vez podría defenderse…
¿Contra él? Cualquier esfuerzo que ella hiciera a él le parecería ridículo, o peor aún, haría que se enfadara, quizá hasta el punto de matarla. En cuestión de minutos, su objetivo había cambiado de la evasión a la simple supervivencia. No quería morir. No importaba lo brutalmente que la tratara, no importaba lo que le hiciera, ella no quería morir.
No había ningún lugar seguro, ningún refugio donde pudiera esconderse. Incluso siendo consciente de ello, asumiéndolo, no podía quedarse ahí parada; no había ningún lugar adonde ir, no había forma de detenerlo, salió al balcón desde el que se veía toda la ciudad desde lo alto. Llegó hasta el muro, pero no podía continuar más allá a menos que intentase volar, y su instinto de supervivencia era demasiado fuerte para permitírselo. Mientras estuviera viva, intentaría seguir así.
A ciegas, alcanzó y se agarró a la barandilla de hierro situada sobre el muro, con los dedos apretados alrededor del metal y la mirada perdida.
