
Pero lleno de arrogancia y de cólera, Immael se dejó ver por un momento bajo su auténtica y corrompida apariencia. Le hizo frente un monje cisterciense, Erdric, del monasterio de Sedlec, y ambos lucharon sobre cubas de plata fundida. Al final, Immael, sorprendido en el momento de transformarse de humano en Otro, fue abatido y cayó en el mineral candente. Erdric pidió que se dejase enfriar despacio el metal, e Immael quedó atrapado en la plata, incapaz de liberarse de ella, la más pura de las prisiones.
Y Ashmael sintió su dolor y trató de liberarlo, pero los monjes lo pusieron a buen recaudo y lo mantuvieron alejado de quienes pretendían romper sus cadenas. Aun así, Ashmael nunca dejó de buscar a su hermano, y con el tiempo se sumaron a la búsqueda aquellos de su misma naturaleza, y los hombres corrompidos por sus promesas. Se marcaron a sí mismos para poder reconocerse, y su marca fue un rezón, un garfio ahorquillado, ya que, según la tradición, ésta fue la primera arma de los ángeles caídos.
Y se hicieron llamar «Creyentes».
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Firmemente sujeta al asidero con la mano derecha, la mujer se apeó con cuidado del autocar de la compañía Greyhound. Un suspiro de alivio escapó de sus labios cuando plantó por fin los dos pies en terreno llano, el alivio que siempre experimentaba al superar sin incidentes una tarea sencilla.
