
No era vieja -apenas contaba cincuenta años cumplidos-, pero se sentía mucho mayor, y lo aparentaba. Había conocido grandes padecimientos, y la acumulación de disgustos había agravado los estragos de la edad. Tenía el cabello plateado, y hacía mucho tiempo que había desistido de la caminata mensual a la peluquería para teñirse. De las comisuras de sus ojos arrancaban como cicatrices unas arrugas horizontales, réplica de otras similares en la frente. Sabía cómo se le habían formado, ya que de vez en cuando, al mirarse en el espejo o ver su reflejo en el escaparate de una tienda, descubría con sorpresa una mueca de dolor en su rostro, y cuando se le transformaba la expresión de la cara, las arrugas se hacían más profundas. Eran siempre los mismos pensamientos, los mismos recuerdos, los que provocaban esa alteración, y siempre revivía en su memoria los mismos rostros: el chico, ahora hombre; su hija, tal como fue y tal como podría ser ahora; y aquel que la dejó encinta de su niña, con la cara a veces contraída, como lo estaba en el momento de la concepción de su hija, y en otras ocasiones deshecha e irreconocible, como lo estaba antes de cerrarse la tapa del ataúd sobre el cadáver de él, que borró por fin de este mundo su presencia física.
Como había descubierto, nada avejenta más deprisa a una mujer que una hija con problemas. En los últimos años había sido propensa a la clase de accidentes que amargaban la vida a mujeres dos o tres décadas mayores que ella, y tardaba más que antes en recobrarse. Con lo que más debía andarse con cuidado eran las pequeñas cosas: bordillos imprevistos, grietas olvidadas en la acera, la sacudida inesperada del autobús en el momento de levantarse del asiento, el agua derramada en el suelo de la cocina, que ya no recordaba. Temía esos peligros más que a los jóvenes congregados en el aparcamiento de las galerías comerciales cerca de su casa, al acecho de personas vulnerables, a quienes consideraban presas fáciles. Sabía que nunca sería una de sus víctimas, porque le tenían más miedo a ella que a la policía, o que a sus coetáneos más violentos, pues conocían la existencia del hombre que aguardaba en las sombras de su vida. Una pequeña parte de ella aborrecía el hecho de que la temieran, pese a disfrutar de la protección que eso le brindaba. Una protección que había salido cara, pues fue adquirida, creía, con la pérdida de un alma.