Toby se mueve tras la barandilla, vigilándolos. Han encontrado la valla del jardín y están mirando hacia el interior. Entonces uno de ellos empieza a cavar. Harán un túnel.

– ¡Largo de ahí! -les grita Toby.

Los animales la miran, pero no le hacen caso.

Toby baja la escalera lo más deprisa que puede sin resbalar. ¡Idiota! Debería llevar siempre el rifle. Lo coge de al lado de la cama, se apresura a volver a subir al tejado. Apunta a uno de los cerdos -el macho, un tiro fácil, de costado-, pero de repente duda. Son criaturas de Dios. Nunca mates sin causa justa, decía Adán Uno.

– ¡Os lo advierto! -grita.

Aunque parezca mentira, da la impresión de que la entienden. Deben de haber visto un arma antes: un pulverizador o una pistola aturdidora. Chillan alarmados, dan media vuelta y corren.

Han recorrido un cuarto del camino del prado cuando a Toby se le ocurre que volverán. Cavarán de noche y entrarán en su huerto en un santiamén, y supondrá el final de su fuente nutritiva. Tendrá que dispararles, será en defensa propia. Dispara, falla, vuelve a intentarlo. El verraco cae. Las dos puercas siguen corriendo. Hasta que no llegan al linde del bosque no miran atrás. Entonces se funden en el follaje y desaparecen.

A Toby le tiemblan las manos. Has segado una vida, se dice a sí misma. Has actuado en un arrebato de rabia. Deberías sentirte culpable. Aun así, piensa en salir con uno de los cuchillos de cocina y cortar una pata. Había tomado los vegevotos al unirse a los Jardineros, pero la idea de un bocadillo de beicon es una gran tentación ahora mismo. Sin embargo, se resiste: la proteína animal ha de ser el último recurso.

Murmura el patrón de disculpa de los Jardineros, aunque no se arrepiente. O no se arrepiente lo suficiente.



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