
Se lava con jabón -aún queda un montón de jabón, todo de color rosa- y se frota con la esponja. Piensa que el cuerpo se le está encogiendo. Me estoy arrugando. Estoy menguando. Pronto pareceré un padrastro. Aunque siempre ha sido de las flacas. «Oh, Tobiatha -le decían las damas-, ojalá tuviera tu figura.»
Se seca, se pone una vestido rosa. Éste pone «Melody». No hay necesidad de identificarse ahora que ya no queda nadie para leer las etiquetas, así que está empezando a llevar vestidos de otras: Anita, Quintana, Ren, Carmel, Symphony.
Esas chicas habían sido muy joviales y optimistas. Ren, no. Ren era triste. Aunque Ren se había marchado antes. Luego se habían ido todas, cuando se desencadenó el problema. Se marcharon a sus casas para estar con sus familias, creyendo que el amor las salvaría. «Adelante, yo cerraré», les había dicho Toby. Y había cerrado, pero se había quedado dentro.
Se cepilla el cabello largo y oscuro y se lo recoge en un moño. Ha de cortárselo. Es grueso y da demasiado calor. Además huele a añojo.
Mientras se está secando el pelo oye un ruido extraño. Se acerca con cautela a la barandilla del tejado. Hay tres cerdos enormes husmeando alrededor de la piscina: dos puercas y un verraco. La luz matinal brilla en sus orondas formas rosa grisáceo; refulgen como luchadores en un cuadrilátero. Parecen demasiado grandes y protuberantes para ser normales. Toby había visto cerdos así antes, en el prado, pero nunca se habían acercado tanto. Serán fugados, de alguna granja experimental.
Se han agrupado en el lado menos profundo de la piscina, mirándola como si estuvieran reflexionando, retorciendo el morro. Tal vez están olisqueando el mofache sin vida que flota en la superficie del agua espumosa. ¿Tratarán de recogerlo? Se gruñen suavemente y retroceden: ha de estar demasiado podrido hasta para ellos. Hacen una pausa para olfatear por última vez, luego se alejan al trote y doblan la esquina del edificio.
