Caminar hasta tan lejos no supondría un problema, porque se mantenía en forma. El riesgo lo constituía otra gente. Había disturbios por doquier, según las noticias intermitentes que captaba en su teléfono.

Se marchó del balneario al alba, cerrando la puerta tras de sí. Cruzó las amplias extensiones de césped y se dirigió hacia la entrada norte por el camino boscoso donde las clientes solían dar sus paseos a la sombra: allí se camuflaría mejor. Aún quedaban algunas balizas solares que marcaban el sendero. No se encontró a nadie, aunque un conejo verde saltó a los arbustos y se le cruzó un cachorro de lince rojo que se volvió a contemplarla con un leve fulgor en la mirada.

La verja de la entrada al recinto estaba entornada. Se coló con precaución, casi esperando un desafío. Luego salió por Heritage Park. Había gente que se apresuraba, personas solas y en grupos tratando de escapar de la ciudad, con la esperanza de atravesar las plebillas aledañas y buscar refugio en el campo. Oyó toses, un gemido infantil. Casi tropezó con alguien caído en el suelo.

Cuando llegó al límite exterior del parque, era noche cerrada. Se movía de árbol en árbol, al amparo de las sombras. El bulevar estaba repleto de coches, camiones, motos solares y autobuses, y los conductores hacían sonar las bocinas y gritaban. Algunos de los vehículos estaban volcados y quemados. En las tiendas, el saqueo se hallaba en pleno apogeo. No había hombres de Corpsegur a la vista. Debieron de ser los primeros en desertar, dirigiéndose hacia sus fortalezas de la corporación para salvar el pellejo, y llevando consigo -eso sin duda esperaba Toby- el virus letal.

Sonaron disparos de algún lado. Así que ya estaban excavando en los patios traseros, pensó Toby: el suyo no era el único rifle.



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