Alrededor de medianoche, y después de unos pocos giros equivocados -todas las calles de Big Box se parecían mucho-, Toby llegó a la antigua casa de sus padres. No había luces encendidas, la puerta del garaje se encontraba abierta y la ventana de cristal cilindrado de delante estaba aplastada, así que pensó que no habría nadie allí. Los actuales ocupantes habrían muerto o estarían en algún otro sitio. Lo mismo ocurría en la casa de al lado, donde estaba enterrado el rifle.

Se quedó un momento quieta, calmándose, escuchando la sangre que se le agolpaba en la cabeza: katush, katush, katush. O el rifle estaba allí o había desaparecido. Si estaba allí, tendría rifle. Si había desaparecido, no tendría. No había motivo para sentir pánico.

Abrió la puerta del jardín de los vecinos, con el sigilo de un ladrón. Oscuridad, ningún movimiento. El aroma de las flores nocturnas: lirios, petén. Y, mezclado con éste, un olorcillo de humo de algo que se quemaba a varias manzanas: atisbaba las llamas. Una polilla de kudzu le dio en la cara.

Metió la palanca bajo una piedra del patio, hizo fuerza desde el borde y levantó la piedra. Lo hizo otra vez, y otra. Tres piedras de patio. Después cavó con la pala.

Un latido, luego otro.

Allí estaba.

No grites, se dijo a sí misma. Limítate a cortar el plástico, agarrar el rifle y la munición y salir de aquí.


Tardó tres días en volver a AnooYoo, esquivando los peores disturbios. Había huellas de barro en los escalones exteriores, pero no había entrado nadie.



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