Sin embargo, aún queda vida. Los pájaros pían; serán gorriones. Sus trinos suenan nítidos y agudos, como uñas arañando el cristal: ya no existe sonido de tráfico que los sofoque. ¿Se dan cuenta del silencio, de la ausencia de motores? Y en ese caso, ¿son más felices? Toby no tiene ni idea. A diferencia de otros Jardineros -los de mirada enloquecida o tal vez los más narcotizados- nunca ha abrigado la ilusión de que puede conversar con los pájaros.

El sol brilla en el este, tiñendo de rojo la bruma azul grisáceo que señala el distante océano. Los buitres, posados en postes eléctricos, despliegan las alas para secárselas, abriéndose como paraguas negros. Primero uno y luego otro más emprenden el vuelo y ascienden en las corrientes térmicas. Si descienden en picado significa que han localizado carroña.

«Los buitres son nuestros amigos -enseñaban los Jardineros-. Purifican la tierra. Son los necesarios ángeles siniestros de Dios que se encargan de la descomposición corporal. ¡Imaginad qué terrible sería que no hubiera muerte!» ¿Aún lo creo?, se pregunta Toby.

Todo es diferente al verlo de cerca.


El tejado tiene algunas macetas con plantas ornamentales que han retornado al estado silvestre; hay varios bancos de imitación madera. Antes estaba el toldo para la hora del cóctel, pero se voló. Toby se sienta en uno de los bancos para examinar el terreno. Levanta los prismáticos y explora de izquierda a derecha. El sendero de entrada, con los arriates de lumirrosas ahora descuidadas. Parecen cepillos raídos; su brillo morado va apagándose bajo una luz cada vez más intensa. La entrada occidental, con un techo de panel solar de color rosa imitación adobe, el amasijo de coches al otro lado de la verja.



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