
—Necesitas protección. —Roberto se ha puesto dramático—. Ese hombre extraño del que hemos oído hablar, preguntando en Puerto Ayora por la joven americana rubia.
¿Dejar que Roberto me escolte? Tentación. Es guapo, vivaz y un caballero. No es que en estos últimos meses hayamos tenido un romance, Pero nos hemos hecho muy íntimos. Aunque nunca me lo ha dicho con palabras, sé que él querría ser todavía más íntimo. No ha sido fácil resistirse.
Hay que hacerlo, más por él que por mí. No por su nacionalidad. Creo que Ecuador es el país de Latinoamérica en el que los yanquis se sienten más a gusto. Para nuestro nivel, las cosas aquí funcionan. Quito es una ciudad encantadora, e incluso Guayaquil (desagradable, llena de humo, reventando de energía acumulada) me recuerda Los Ángeles. Sin embargo, Ecuador no es Estados Unidos, y desde su punto de vista tengo muchos defectos, empezando por el hecho de que no estoy segura de cuándo estaré lista para establecerme, si es que llega el día.
Por tanto, río.
—Oh, sí, el señor Fuentes de la oficina de Correos me lo contó. El pobre estaba muy preocupado. La ropa rara del extraño, el acento y todo lo demás. ¿Todavía no ha aprendido lo que puede salir de un barco de crucero? ¿Y cuántas rubias hay hoy en día en las islas? ¿Quinientas al año?
—¿Cómo iba a seguirla el admirador secreto de Wanda? —añade Jennifer—. ¿Nadando?
Resulta que sabemos que ningún barco ha tocado Bartolomé desde que dejamos Santa Cruz; no hay yates cerca, y todos hubiesen reconocido a un pescador local.
Roberto se pone rojo bajo el bronceado que todos compartimos. Con pena, le toco la mano mientras le digo al grupo:
—Adelante, gente, bucead con tubo o lo que queráis. Volveré a tiempo para mi parte de las tareas.
Luego, con rapidez, me alejo de la ensenada. Realmente necesito algo de soledad en esta extraña, dura y hermosa naturaleza.
