
Podría fusionarme sumergiéndome. El agua es clara como el cristal, sedosa a mi alrededor; de vez en cuando veo un pingüino, no nadando sino más bien volando por el agua; los peces danzan como fuegos de artificio, las algas bailan el hula; puedo hacer amistad con los leones marinos. Pero los otros nadadores, no importa lo encantadores que sean, hablarán. Lo que quiero es estar en comunión con la tierra. En compañía no podría admitirlo. Suena demasiado pomposo, como si perteneciese a Greenpeace o a la República Popular de Berkeley.
Ahora que he dejado atrás la arena blanca y los mangles, parece que bajo los pies tengo una desolación total. Bartolomé es volcánica, como sus hermanas, pero apenas tiene tierra. Ya hace calor bajo el sol de la mañana y no hay ni una nube para suavizar el resplandor. Aquí y allá se ve un arbusto desolado o una mata de hierba, pero se reducen al acercarme a Pinnacle Rock. Mis Adidas susurran sobre la lava oscura, en silencio.
Sin embargo… entre peñascos y charcos, se mueven los cangrejos Sally Lightfoot, azul y naranja brillantes. En dirección al interior, espío un lagarto bastante raro en este lugar. Estoy a un metro de un alcatraz de patas azules; podría salir volando, pero se limita a mirarme, criatura ingenua. Un pinzón pasa por delante de mi vista; fueron los pinzones de las Galápagos lo que ayudaron a Darwin a comprender cómo la vida recorre el tiempo. Un albatros blanco. Más alto vuela un pájaro fragata. Me coloco los binoculares que me cuelgan del cuello y observo la arrogancia de las alas bajo la luz del sol, la cola dividida como la espada doble de un bucanero.
Aquí no hay ninguno de los senderos que normalmente obligo a seguir a los turistas. El gobierno ecuatoriano es estricto en ese punto. Considerando los recursos limitados, está haciendo un gran trabajo intentando proteger y restaurar el medio. Me preocupo de dónde coloco los pies, como corresponde a una bióloga.
