
Castelar se envaró.
—¿Vais a hablar en contra de nuestro capitán?
Aquél era un tipo extraño, pensó: empezando por su orden, cuando los religiosos de la expedición eran casi todos dominicos. Era una especie de enigma cómo Tanaquil había conseguido venir, para ganarse con el tiempo la confianza de Francisco Pizarro. Bien, eso último podía deberse a sus conocimientos y maneras agradables, ambos raros en aquella compañía.
—No, no, claro que no —dijo el fraile—. Y sin embargo… —Dejó de hablar.
Castelar se sintió un poco incómodo. Creía saber lo que pasaba bajo el cráneo tonsurado. Él mismo se había preguntado por la corrección de lo que habían hecho el año anterior. El inca Atahualpa había recibido a los españoles en paz; dejó que se alojaran en Caxamalca; entró en la ciudad por invitación, para continuar las negociaciones, y su litera lo llevó a una emboscada. Sus asistentes fueron asesinados a cientos mientras que él era hecho prisionero. Ahora, por orden suya, sus súbditos retiraban toda la riqueza del país para llenar una habitación con oro y otra con plata, el precio de su libertad.
—Es la voluntad de Dios —contestó Castelar—. Traemos la fe a estos paganos. Al rey se le trata bien, ¿no? Incluso tiene a sus esposas y sirvientes para asistirlo. Y en cuanto al rescate, Cristo. —Se aclaró la garganta—. Santiago, como todo buen líder, recompensa bien a sus tropas.
El fraile levantó la cabeza y sonrió con debilidad. Parecía que recurrir a la oración no era lo adecuado para un soldado. Al final, se encogió de hombros y dijo:
—Esta noche lo veré.
—Ah, sí. —Castelar sintió alivio al alejar la disputa. No importaba que él también en una ocasión hubiese estudiado para las órdenes sagradas, hubiese sido expulsado por problemas con una chica, se alistase en la guerra contra los franceses y, al fin, siguiese a Pizarro hasta el Nuevo Mundo con la esperanza de cualquier fortuna que el empobrecido hidalgo de Extremadura pudiese encontrar: seguía sintiendo respeto por el hábito—. He oído que repasáis cada cargamento antes de añadirlo al tesoro.
