
Ese día los peruanos llevaron a Caxamalca otro cargamento del tesoro que debía comprar la libertad de su rey. Luis Ildefonso Castelar y Moreno los vio desde lejos. Había estado fuera ejercitando a los jinetes bajo su mando. Ahora debían volver, porque el sol se encontraba bajo en las cumbres occidentales. Contra las largas sombras del valle, el río relucía y los vapores se volvían dorados al elevarse de las fuentes calientes de los baños reales.
Llamas y porteadores humanos venían en hilera por la carretera desde el sur, cansados por los pesos y las muchas leguas. Los nativos dejaron de trabajar en los campos para mirar, luego volvieron apresuradamente a la labor. La obediencia había sido bien aprendida, sin que importase quién fuese su amo.
—Toma el mando —le ordenó Castelar a su teniente, y clavó las espuelas en el potro. Tiró de las riendas justo fuera de la pequeña ciudad y esperó la caravana.
Un movimiento a su izquierda le llamó la atención. Otro hombre salió a pie de entre dos edificios blancos con techo de paja. El hombre era alto; si los dos estuviesen de pie, le sacaría al jinete diez centímetros o más. El pelo alrededor de su tonsura era del mismo castaño terroso de su túnica franciscana, pero la edad apenas había marcado un rostro anguloso y claro —ni tampoco la viruela— y no le faltaba ni un diente. Incluso después de semanas y aventuras, Castelar reconoció al padre Esteban Tanaquil. El reconocimiento fue mutuo.
—Saludos, reverendo padre —dijo.
—Dios sea con vos —contestó el monje. Se detuvo al lado del estribo. En la ciudad resonaban gritos de júbilo.
—Ah —dijo Castelar con alegría—. Una visión espléndida, ¿no?
Al no obtener respuesta, bajó la vista. Había dolor en el otro rostro.
—¿Pasa algo? —preguntó Castelar.
Tanaquil suspiró.
—No puedo evitarlo. Veo lo cansados y destrozados que están esos hombres. Pienso en la herencia del tiempo que llevan, y cómo se les ha arrebatado.
