— ¿Qué clase de hombre estás planeando comprar? — sondeó delicadamente Miles en una pausa de su subida.

— Un oficial — respondió firmemente Bothari.

La sonrisa de Miles se retorció. ¿Con que ése es también el pináculo de tu ambición, sargento?, se preguntó para sí.

— No demasiado pronto, confío.

Bothari resopló.

— Por supuesto que no. Ella es sólo… — Hizo una pausa; las arrugas se ahondaban entre sus ojos —. El tiempo ha pasado… — se le escapó en un murmullo.

Miles venció con éxito los peldaños y entró en la Casa Vorkosigan, preparándose para hacer frente a la familia. La primera iba a ser su madre, al parecer; no era problema. Apareció al frente de la gran escalera frente al salón, al tiempo que un sirviente abrió la puerta a Miles. Lady Vorkosigan era una mujer madura, con el fogoso rojo de su cabello apagado por el gris natural y su altura disimulando hábilmente unos pocos kilos de más. Respiraba un poco agitada; probablemente habría bajado corriendo las escaleras cuando le vieron acercarse a la casa. Intercambiaron un breve abrazo. Su mirada era seria y no condenatoria.

— ¿Está padre en casa? — preguntó Miles.

— No. Él y el ministro Quintillian están esta mañana en el cuartel general, peleando con el Estado Mayor por el presupuesto. Me pidió que te enviara su cariño y que te dijera que tratará de estar aquí para el almuerzo.

— ¿Él… todavía no le ha dicho al abuelo lo de ayer?

— No, aunque creo en verdad que deberías haberlo dejado. Esta mañana ha sido bastante embarazosa.

— Apuesto a que sí. — Miró hacia la escalera. Era algo más que sus piernas en mal estado lo que las hacía parecer una montaña. Bien, terminemos primero con lo peor —. ¿Está arriba?



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