Bothari, apareciendo silenciosamente por detrás suyo, se inclinó de pronto para recoger una moneda de la acera. La guardó con cuidado en su bolsillo izquierdo. El bolsillo especial.

La boca de Miles se arqueó y su mirada se hizo afectuosa y alegre.

— ¿Todavía la dote?

— Por supuesto — respondió serenamente Bothari. Su voz era de un registro sumamente bajo y de cadencia monótona. Uno tenía que conocerlo muy bien para interpretar esa falta de expresividad. Miles conocía cada ínfima variación de su timbre, como una persona conoce su propio cuarto en la oscuridad.

— Has estado ahorrando centavos de marco para Elena desde que tengo memoria. ¡Las dotes se terminaron junto con la caballería, por el amor de Dios! Ahora incluso los Vor se casan sin ellas. Ésta no es la Época del Aislamiento — bromeó Miles en un tono amable y cuidadosamente respetuoso por la obsesión de Bothari. Bothari, después de todo, había tratado siempre seriamente la ridícula locura de Miles.

— Me propongo que ella tenga todo lo justo y apropiado.

— A estas alturas, ya debes de tener ahorrado lo suficiente como para comprar a Gregor Vorbarra — dijo Miles, pensando en los cientos de pequeños ahorros que su guardaespaldas había practicado ante él, a lo largo de los años, para asegurar la dote de su hija.

— No deberías hacer bromas sobre el emperador. — Bothari desalentó firmemente, como correspondía, este fortuito intento de humor.

Miles suspiró y comenzó a tentar prudentemente su ascenso por los escalones, las piernas rígidas en sus inmovilizadores de plástico.

Los calmantes que había tomado antes de dejar la enfermería estaban empezando a perder su efecto. Se sentía indeciblemente cansado. No había dormido en toda la noche, mantenido a base de anestesia local, conversando y bromeando con el cirujano mientras éste perdía en vano el tiempo, interminablemente, juntando los minúsculos fragmentos rotos de hueso como un rompecabezas inusualmente complicado. Monté un espectáculo bastante bueno, se decía Miles queriendo tranquilizarse; pero anhelaba salir del escenario y hundirse. Sólo un par de actos más que representar.



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