
— Mi madre estuvo expuesta a un gas venenoso cuando se encontraba embarazada de mí. Se recuperó; todo salió bien, pero aquello arruinó mi crecimiento óseo.
— ¡Ah! ¿No te dieron ningún tratamiento médico?
— Oh, sí, digno de la Inquisición; por eso ahora puedo caminar, en vez de que me lleven en un cubo.
Kostolitz parecía ligeramente repugnado, pero dejó de dar rodeos sutiles.
— ¿Cómo pudiste pasar los exámenes médicos? Creí que había una altura mínima exigida.
— Eso ha quedado en suspenso, pendiente del resultado que obtenga en las pruebas.
— Ah.
Kostolitz dirigió aquello. Miles volvió otra vez su atención a la prueba que tenía por delante. Tenía que ganar algo de tiempo en la marcha cuerpo a tierra bajo el fuego láser; vaya, lo necesitaría en la carrera de los cinco kilómetros. La falta de altura y la permanente cojera de su pierna izquierda, unos buenos cuatro centímetros más corta que la derecha, le retardarían. No había remedio para eso. Mañana sería mejor; mañana era la fase de resistencia. El grupo de jóvenes zancudos y largos que le rodeaba le vencería incuestionablemente en la carrera de velocidad. Esperaba ser sin dudas el último hombre en el primer trecho de 25 kilómetros mañana y, probablemente, también en el segundo, pero, después de 75 kilómetros, la mayoría estaría flaqueando, a medida que el verdadero dolor aumentara. Soy un profesional del dolor, Kostolitz, pensó dirigiéndose a su rival. Mañana, después del kilómetro 100, te pediré que me repitas esas preguntas tuyas, se es que te queda aliento…
Maldita sea, prestemos atención al asunto, no a esta minucia. Una caída de cinco metros; tal vez fuera dejarlo pasar, sacar un cero en esa parte. Pero su puntuación general sería relativamente mala. Odiaba perder un solo punto innecesariamente y, encima, en el mismísimo comienzo. Iba a necesitar cada uno de ellos. Saltar la pared recortaría su estrecho margen de seguridad.
