— ¿Esperas realmente pasar el examen físico? — preguntó Kostolitz, mirando hacia otra parte —. Quiero decir, por encima del cincuenta por ciento…

— No.

Kostolitz pareció desconcertado.

— ¡Demonios! ¿Cuál es el motivo entonces?

— No tengo que pasarlos, sólo lograr algo parecido a una calificación decente.

Las cejas de Kostolitz se alzaron.

— ¿El culo de quién tienes que besar para llegar a un trato como ése?, ¿el de Gregor Vorbarra?

Había un fondo de incipiente envidia en su tono, una consciente sospecha de clase. La mandíbula de Miles se apretó. No saquemos a relucir el tema de los padres…

— ¿Cómo piensas ingresar sin aprobarlos? — persistió Kostolitz, entrecerrando los ojos. Su nariz olfateaba el aroma del privilegio, como un animal se alerta por la sangre.

Sé diplomático, se dijo a sí mismo Miles, también eso debería estar en tu sangre, como la guerra.

— Hice una petición para que me promediaran mis calificaciones, en lugar de tomarlas por separado. Espero que mis exámenes escritos compensen los exámenes físicos — explicó pacientemente Miles.

— ¿Hasta ese punto? ¡Necesitarías unas calificaciones casi perfectas!

— Exacto — gruñó Miles.

— Kosigan, Kostolitz — gritó otro supervisor uniformado.

Entraron en la zona de salida.

— Es un poco duro para mí, ya sabes — se quejó Kostolitz.

— ¿Por qué? No tiene nada que ver contigo, no es asunto tuyo en absoluto — señaló Miles intencionadamente.

— Nos ponen en parejas para compararnos. ¿Cómo sabré si lo estoy haciendo bien?

— Oh, no te preocupes en ir a mi ritmo — murmuró Miles.

Fueron llamados a su puesto. Miles miró, a través del campo de maniobras, a un grupo de hombres esperando y observando: unos pocos parientes militares y los sirvientes de librea del puñado de hijos del conde presentes hoy. Había un par de hombres de recia apariencia que vestían el dorado y azul de los Vorpatril; el primo Ivan debía estar por ahí en alguna parte.



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