
— No debe conversar con él — advirtió el suboficial.
— Sí, señor — aceptó Miles. Se sentó en el suelo y desabrochó el pesado aparato. Bien, un kilo menos que cargar. Se lo arrojó a Bothari, quien lo atrapó con una mano y se mantuvo erguido. Bothari, correctamente, no le ofreció una mano para levantarse.
Al ver juntos a su guardaespaldas y al suboficial, súbitamente el suboficial le pareció a Miles menos molesto. De alguna manera, el supervisor le pareció más bajo, y más joven; incluso un poco más blando. Bothari era más alto, más delgado, mucho más viejo, bastante más feo y notablemente peor de aspecto; pero Bothari había sido suboficial cuando este supervisor apenas era una criatura.
Mandíbula estrecha, nariz aguileña, ojos muy juntos y de un color impreciso; Miles miró el rostro de su sirviente con un afectuoso y posesivo orgullo. Miró entonces la pista de obstáculos y dejó que sus ojos se cruzaran con los de Bothari. Éste observó la pista también, frunció los labios, apretó firmemente el aparato aquel bajo su brazo y dio una leve sacudida a su cabeza dirigida, aparentemente, al medio fondo. La boca de Miles se contrajo. Bothari suspiró y trotó de vuelta al área de espera.
De este modo, Bothari aconsejó precaución. Pero el trabajo de Bothari era mantenerle a salvo, no ayudarle en la carrera; no, no está bien, se reprochó Miles. Nadie había sido más útil que Bothari en su preparación para esta frenética semana. Se pasó interminables horas entrenando, empujando el cuerpo de Miles hasta sus demasiado estrechos límites, dedicado sin flaquezas a la apasionada obsesión de custodiarle. Mi primer comando, pensó Miles. Mi ejército privado.
Kostolitz miró fijamente a Bothari. Identifcó la librea al fin, al parecer, porque volvió la vista a Miles con un repentino esclarecimiento.
— Entonces eso es lo que eres — dijo, con un pasmo de envidia —. No es sorprendente que consiguieras llegar a un acuerdo en lo de las pruebas.
