Miles sonrió apretadamente ante el insulto implícito. La tensión subió por su espalda. Estaba buscando alguna réplica convenientemente dañina, pero fueron llamados a la marca de la salida.

La facultad deductiva de Kostolitz seguía mascullando al parecer, pues agregó sarcásticamente.

— ¡Y por eso es por lo que el Lord Regente nunca se esforzó por el Imperio!

— Preparados — dijo el supervisor —. ¡Ya!

Y salieron. Kostolitz aventajó a Miles inmediatamente. Será mejor que corras, bastardo estúpido, porque si llego a agarrarte te voy a matar. Miles galopaba tras él, sintiéndose como una vaca en una carrera de caballos.

La pared, la maldita pared; Kostolitz estaba jadeando a mitad de la misma cuando Miles llegó a ella. Al menos podría demostrarle a este héroe proletario cómo trepar. La trepó como si los diminutos asideros para los pies y las manos fueran grandes escalones, los músculos potenciados — sobrepotenciados — por la furia. Para satisfacción suya, llegó a la cumbre antes que Kostolitz. Miró hacia abajo y se detuvo de repente, encaramado prudentemente entre los clavos de hierro.

El supervisor estaba observando atentamente. Kostolitz alcanzó a Miles, con la cara enrojecida por el esfuerzo.

— ¿Un Vor asustado por las alturas? — jadeó Kostolitz, sonriendo maliciosamente por encima de su hombro. Luego, se arrojó, golpeó la arena con un impacto imperioso, recuperó el equilibrio y echó a correr.

Bajando a gatas como una vieja artrítica, se perderían preciosos segundos… Tal vez si se dejara rodar hasta el suelo… El supervisor estaba mirando… Kostolitz ya había alcanzado el siguiente obstáculo… Miles saltó. El tiempo parecía estirarse, a medida que él iba cayendo hacia la arena, para permitirle saborear especialmente todo el mal sabor de su error. Golpeó la arena con el crujido familiar del astillazo.



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