Yashim cogió el rollo y echó una mirada al sello. Mientras sentía cómo el suelo se movía a sus pies. La llama oscilante de la vela le hizo pensar en otra trémula vela de un camarote, en alta mar, y en las horas que había pasado escrutando inquieto un oscuro horizonte, intentando adivinar, a través de la llovizna, algunas luces y la silueta de la costa.

Rompió el sello y trató de concentrarse en la floreada escritura.

Suspiró y dejó a un lado el papel. Había una lámpara. Llamas azules brotaron lentamente alrededor de la chamuscada hoja mientras la encendía con una vela. Yashim colocó nuevamente la campana de cristal y ajustó la mecha hasta que la espasmódica luz se tornó amarilla y firme. Poco a poco la luz de la lámpara llenó la habitación.

Había tenido suerte de encontrar un barco. El mar Negro era traicionero, especialmente en invierno, y el capitán era un rechoncho y robusto griego que tenía un solo ojo y aire de pirata; pero, incluso en los peores momentos del viaje, cuando el viento gemía entre las jarcias, las olas aporreaban la cubierta y él tosía y vomitaba en su estrecha litera, Yashim se había dicho que cualquier cosa era mejor que pasar todo el invierno en aquel destartalado palacio de Crimea, rodeado por los fantasmas de intrépidos caballistas, corroído por el frío y la triste penumbra.

Cogió el rollo que el paje le había dado y lo alisó.

Saludos, etcétera. Al pie figuraba la firma del serasquier, comandante en la ciudad de la Nueva Guardia, el ejército imperial otomano. Enhorabuena, etcétera. La estudió de arriba abajo. Gracias a la práctica, podía captar la esencia de una carta como ésta en segundos. Era, suavizada por la cortesía, una convocatoria inmediata.



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