– ¿Bien?

El viejo se cuadró.

– Tengo órdenes de regresar con usted al cuartel de manera inmediata.

El paje miraba con vacilación la capa de Yashim. Éste sonrió, cogió la tira de tela y rápidamente se la enrolló en torno a la cabeza.

– Ya estoy vestido -dijo-. Vámonos.

Yashim sabía que no importaba mucho lo que pudiera llevar. Era un hombre alto, bien formado a sus casi cuarenta años, con unas espesas greñas de negros rizos. Unos pocos pelos blancos, nada de barba, pero sí un rizado bigote negro. Poseía los altos pómulos de los turcos, y los achinados ojos grises de un pueblo que había vivido en la gran estepa euroasiática durante miles de años. Con pantalones europeos, tal vez, hubiera llamado la atención, pero con una capa marrón… no. Nadie se fijaba demasiado en él. Ése era su talento especial, si es que eso era un talento. Más probablemente, tal como la Marquise había dicho, era un estado de la mente. Un estado del cuerpo.

Yashim tenía muchas cosas… Encanto innato, un don para los idiomas y la capacidad de abrir sus ojos grises de par en par repentinamente. Tanto los hombres como las mujeres se sentían extrañamente hipnotizados por su voz, antes incluso de darse cuenta de que estaba hablando. Pero no tenía cojones.

No en el sentido vulgar: Yashim era bastante valiente. Pero era esa clase de criatura poco frecuente incluso en el Estambul del siglo XIX.

Yashim era un eunuco.

Capítul o 2

En la Residencia de la Felicidad, en la más profunda, más prohibida, zona del Palacio de Topkapi, el sultán se recostó sobre sus cojines y pellizcó con preocupación la colcha de satén, intentando imaginar qué podría distraerle en las próximas horas. «Una canción -pensó-. Que sea una canción. Una de aquellas dulces, animadas melodías circasianas: cuanto más triste la canción, más brillante la melodía.»



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