
¿Constituiría la fabricación de un enorme caldero, se preguntó Yashim, una circunstancia especial?
El mercado de objetos de hojalata no era un lugar al que acudieran las multitudes que infestaban algunas de las otras industriosas vías públicas de Estambul: los mercados de comida, los bazares de especias, los fabricantes de zapatos. Hasta la calle de los Herreros estaba más transitada. De manera que Yashim anduvo con tranquilidad por en medio de la calle, atrayendo algunas miradas. Una vez que los herreros se hubieron convencido de que se trataba de un extranjero, dejaron de pensar en él. No les preocupaba mucho descubrir si era rico, pobre, gordo o delgado, porque no era probable que ningún hombre vivo fuera a producirles mayor beneficio que el modesto provecho de que disfrutaban por su calidad de miembro del gremio. Nadie iba a detenerse y a mostrarse dispuesto a comprar – a un precio absurdo- ninguna de sus vulgares manufacturas. Las reglas del gremio eran fijas: había una calidad, y un precio, ni más ni menos.
Y Yashim sabía todo esto. Por el momento simplemente observaba. La mayor parte de los herreros trabajaban en la entrada de sus tiendas, muy cerca de la luz y el aire, y lejos de los humeantes hornos que resplandecían al fondo. Desde allí, golpeando incesantemente con sus martillos, creaban una serie de pequeños productos. Yashim levantó la mirada. La habitual serie de celosías sobre su cabeza anunciaba las viviendas de los hombres, sus mujeres y sus hijos. Los aprendices, pensó Yashim, debían de dormir en las tiendas.
