
Sin más vacilación o ceremonia, abrió la puerta y entró de un salto en la habitación.
– ¡Yashim! ¡Yashim! ¡Tú alejas nuestras almas de las puertas del infierno! Acem yahnisi, si no estoy equivocado… igual que la fesinjan persa. Pollo, nueces… ¡y el zumo de una granada! -declaró.
Yashim, que no le había oído entrar, se dio la vuelta asombrado. Palieski vio cómo su cara se desencajaba.
– Vamos, vamos, joven. Yo comía este plato antes de que te destetaran. Esta noche, démosle con toda sinceridad un nuevo y apropiado nombre. El embajador estaba de mal humor, ¡y ahora está encantado! ¿Qué te parece?
Ofreció las botellas a su anfitrión.
– ¡Todavía están frías! ¡Tócalas! ¡Maravilloso! Un día cogeré una linterna y bajaré a esa bodega para averiguar de dónde viene esa agua helada. Puede que sea una cisterna romana. No me sorprendería. ¡Qué hallazgo!
Se frotó las manos mientras Yashim, sonriendo, le tendía un vaso de vodka. Permanecieron por un momento mirándose el uno al otro, luego echaron hacia atrás los dos la cabeza simultáneamente y bebieron. Palieski se lanzó de cabeza sobre los mejillones.
Iba a ser una larga velada. Y fue una larga velada. A la hora de la plegaria del alba, Yashim se dio cuenta de que le quedaban sólo nueve días.
Capítulo 7
La calle de los Hojalateros corría un poco por encima y al oeste de la mezquita de Rustem Pachá, que estaba medio construida en los callejones y culs-de-sac que rodeaban las entradas de la parte sur del Gran Bazar. Como la mayor parte de los barrios de los artesanos, consistía en un estrecho embudo de talleres abiertos, cada uno de ellos no mayor que un gran armario, donde los herreros trabajaban con forja, fuelles y martillos sobre los artículos corrientes de su profesión: cazos de estaño, pequeñas teteras, cajas de débiles bisagras o toscas tapas de todos los tamaños y formas, desde las pequeñas latas redondas utilizadas para almacenar kohl y bálsamo de tigre hasta baúles armados destinados a los marineros y al comercio de telas.
