
La separación no fue amarga. Hubo tristeza y pena, pero no una verdadera sensación de ruptura. Tras el habitual período de debate, típico en cualquier proceso de toma de decisiones entre los combinados, la división llegó a considerarse el curso de acción más lógico. Así se permitía que la expedición siguiera adelante, al tiempo que se garantizaba que lo ya aprendido regresara. Pero aunque Skade sabía con exactitud quiénes habían decidido quedarse en el espacio profundo, no tenía modo de saber lo que había sucedido a continuación. Solo cabía adivinar qué intercambios habían tenido lugar entre las dos naves restantes. El hecho de que aquella fuera la nave de Galiana no significaba que esta tuviera que estar en ella, así que Skade se preparó para el inevitable disgusto que supondría algo así.
De hecho, sería un disgusto para todo el Nido Madre. Al fin y al cabo, Galiana era su mascarón de proa, la mujer que había creado inicialmente a los combinados, cuatrocientos años antes y a once años luz de distancia, en un batiburrillo de laboratorios bajo la superficie de Marte. Llevaba alejada de ellos casi dos siglos, lo suficiente para adquirir el estatus mitológico al que siempre se había resistido mientras estaba junto a ellos. Y había regresado (si realmente estaba a bordo de la nave) durante el turno de Skade. Apenas importaba que, con casi total seguridad, estuviera muerta como todos los demás. Para Skade, sería suficiente con traer a casa sus restos.
Pero encontró algo más que restos.
El lugar de reposo de Galiana, si podía llamárselo así, estaba muy apartado del núcleo central de la nave. Lo habían protegido entre barricadas blindadas, muy lejos del resto. Un cuidadoso estudio forense mostró que las conexiones de datos entre la última morada de Galiana y el resto de la nave habían sido seccionadas de forma deliberada desde dentro. Era evidente que había tratado de aislarse y de separar su mente de los demás combinados de la nave.
