
A esas alturas, los servidores ya habían hecho cuanto podían. Habían asegurado amplios sectores de la nave y habían rociado los restos de las máquinas alienígenas con resina epoxídica de fibra de diamante. También habían tomado muestras de ADN de casi todos los cadáveres de las zonas exploradas. Cada espécimen individual de material genético había sido identificado con ayuda de los manifiestos de tripulación que se conservaban en el Nido Madre desde la partida de la flota exploradora, pero en la lista aparecían muchos nombres de los que todavía no habían encontrado ninguna muestra de ADN.
Y era inevitable que algunos nombres nunca aparecieran. Cuando la primera nave, la que llevaba a Clavain, regresó a casa, el Nido Madre supo que se había tomado la decisión en el espacio profundo, a decenas de años luz de distancia, de dividir la expedición. Una parte quería regresar, tras haber oído rumores de la guerra contra los demarquistas. También consideraban que ya era hora de entregar los datos que habían acumulado, demasiados como para transmitirlos a casa.
