Skade había entrado junto a otros equipos de barrido. Vestían pesadas armaduras cerámicas sobre sus trajes de vacío, placas engrasadas como un caparazón que hacían que los movimientos resultaran incómodos a no ser que uno actuara con gran cuidado y previsión. Tras varios minutos tanteando a ciegas y tras acabar atrapada en posturas de las que solo pudo salir retrocediendo laboriosamente, Skade programó un apresurado parche de movimiento corporal y asignó para su ejecución un puñado de circuitos neuronales ociosos. A partir de entonces las cosas resultaron más fáciles, aunque tenía la desagradable sensación de que quien la controlaba era una nebulosa contrapartida de sí misma. Skade anotó en su cabeza que debía revisar más adelante el código, para que las rutinas de movimiento parecieran totalmente voluntarias sin importar lo ilusorio que pudiera ser eso.

A esas alturas, los servidores ya habían hecho cuanto podían. Habían asegurado amplios sectores de la nave y habían rociado los restos de las máquinas alienígenas con resina epoxídica de fibra de diamante. También habían tomado muestras de ADN de casi todos los cadáveres de las zonas exploradas. Cada espécimen individual de material genético había sido identificado con ayuda de los manifiestos de tripulación que se conservaban en el Nido Madre desde la partida de la flota exploradora, pero en la lista aparecían muchos nombres de los que todavía no habían encontrado ninguna muestra de ADN.

Y era inevitable que algunos nombres nunca aparecieran. Cuando la primera nave, la que llevaba a Clavain, regresó a casa, el Nido Madre supo que se había tomado la decisión en el espacio profundo, a decenas de años luz de distancia, de dividir la expedición. Una parte quería regresar, tras haber oído rumores de la guerra contra los demarquistas. También consideraban que ya era hora de entregar los datos que habían acumulado, demasiados como para transmitirlos a casa.



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