
Guando todo hubo terminado, Skade disparó garfios contra el hielo y ancló cohetes tractores alrededor del casco. Como el hielo tendría que soportar toda la tensión estructural del arrastre de la nave, Skade hubo de enganchar mil tractores para evitar que se fracturara una parte de la masilla, y así, al encenderse todos, crearon un espectáculo realmente hermoso: un millar de agujas de fría llama azul que brotaban del negro centro con forma espiral de la deslizadora. La aceleración se mantuvo a un ritmo lento, y los cálculos eran tan precisos que solo necesitó una pequeña ráfaga correctiva antes de la aproximación final al Nido Madre. Las llamaradas estaban coordinadas para coincidir con los puntos ciegos de la cobertura de los sensores demarquistas, fallas de las que estos creían que los combinados nada sabían.
Ya dentro del Nido Madre, el casco fue arrastrado hasta un muelle de acoplamiento de cinco kilómetros de anchura rodeado por una capa cerámica. La dársena se había diseñado específicamente para contener naves con la plaga y era (aunque por poco margen) lo bastante grande como para acomodar una abrazadora lumínica a la que se le hubieran extraído los motores.
