
Pero todavía quedaba espacio suficiente en la nave para que hubiera sobrevivido algún ser humano, aunque todas las indicaciones apuntaban a que ninguno lo había logrado. El radar de neutrinos y los escáneres de rayos gamma aclararon más la estructura, pero ni siquiera así logró discernir Skade los detalles cruciales. Reluctante, pasó a la siguiente fase de su investigación, el contacto físico. Colocó decenas de martillos neumáticos a lo largo del casco, junto a cientos de micrófonos adheridos. Los martillos comenzaron a golpetear contra el casco. Skade oyó el barullo en su traje espacial, transmitido por el argón; sonaba como un ejército de herreros que trabajaran a destajo en una fundición distante. Los micrófonos estaban atentos a los ecos metálicos de las ondas acústicas que se propagaban por la nave. Una de las más antiguas subrutinas neuronales de Skade desenredó la información contenida en los tiempos de llegada de los ecos y construyó un perfil tomográfico de la densidad de la nave.
Skade lo vio todo teñido de un fantasmagórico color verde grisáceo. No contradecía nada de lo que ya había descubierto y ampliaba su conocimiento en varias áreas, pero no podría distinguir más sin meterse dentro, y eso no iba a ser fácil. Todas las cámaras estancas habían sido selladas desde el interior con tapones de metal fundido. Tuvo que cortarlos, con lentitud y nerviosismo, mediante láseres y taladros de punta de hiperdiamante, consciente del miedo y la desesperación que había experimentado la tripulación. Cuando logró abrir la primera escotilla, envió un destacamento de exploración compuesto por endurecidos servidores, cangrejos con concha de cerámica equipados con la inteligencia justa para hacer su trabajo, y que enviaron imágenes de vuelta hasta el cráneo de Skade.
Lo que encontraron la horrorizó.
La tripulación había sido masacrada. Algunos estaban destripados, aplastados, descuartizados, machacados, cortados a rodajas o fragmentados.
