
Y, con ello, la casa solariega de los condes Mastaî-Ferretti había venido a menos. Mal ocultaban los retratos de familia, las marchitas tapicerías, los grabados algo cagados de moscas, los altos aparadores y desvaídas cortinas, el creciente deterioro de paredes que la humedad, debida a las muchas goteras, cubría de feas manchas pardas que se ensanchaban, implacablemente, con el correr de los días. Hasta crujían ya los viejos pisos de madera cuyos primores de ebanistería empezaban a largar taraceas desincrustadas por las intemperies. Cada semana se le reventaban dos o tres cuerdas más al añejo pianoforte, de amarillento teclado, donde Maria Virginia y Maria Olimpia se empeñaban todavía en tocar, a dos o cuatro manos, sonatinas de Muzio Clementi, piezas del Padre Martini o unos
Nocturnos -hermosa novedad- del ingles Field, fingiendo que no advertían el silencio de ciertas notas que, por ausentes del instrumento, habían dejado de responder al tacto desde hacía varios meses. Las galas del gonfalonero eran las únicas que aún daban empaque de gran señor al conde Mastaî-Ferretti, pues, cuando regresaba, tras de presidir una ceremonia, al hogar de poca vianda en puchero, se envolvía en levitas ya muy zurcidas y rezurcidas por las dos abnegadas fámulas que aún quedaban en la casa, cobrando sueldos que les eran pagados un año sí y otro no. Por lo demás, la condesa ponía buena cara a los vientos adversos con la dignidad y cuidado de las apariencias que siempre la habían caracterizado, observando lutos de parientes imaginarios, muertos en ciudades siempre distantes, pura justificar el uso persistente de un par de vestidos negros, ya muy pasados de moda, y, por mostrarse lo menos posible al exterior, iba de madrugada a la iglesia de los Servitas, en compañía de su hijo menor, Giovanni María, para rogar a la Madonna Addolorata que aliviara estos atribulados estados del norte de sus agobios y calamidades.