
En suma: se llevaba la existencia de miseria altiva en palacios ruinosos, que era la de tantas familias italianas de la época. Existencia de miseria altiva -escudos en puerta y chimeneas sin lumbre, cruz de Malta en el hombro pero vientre harto ayuno- que el joven Mastaî volvería a encontrar, al estudiar el idioma castellano, en las novelas de la picaresca española -lectura esta, pronto dejada por frívola, para internarse en los meandros conceptistas de Gracián, antes de llegar a la meditación y práctica, más provechosa para su espíritu, de los
Ejercicios espirituales de San Ignacio, que le enseñaron a centrar la meditación -o la oración- en una imagen previamente elegida, a fin de evitar, mediante la “composición de lugar”, las fugas imprevistas de la imaginación, eterna loca de la casa, hacia temas ajenos a los de nuestra reflexión principal. El mundo andaba revuelto. La francemasonería se colaba en todas partes. Hacía cuarenta años apenas -¿y qué son cuarenta años para el decurso de la Historia?- que habían muerto Voltaire y Rousseau, maestros de impiedad y de libertinaje. Menos de treinta años antes, un muy cristiano rey había sido guillotinado así, como quien no dice nada, a la vista de una multitud atea y republicana, al compás de tambores pintados con los mismos azules y rojos de las escarapelas revolucionarias… Indeciso en cuanto a su porvenir, después de desordenados estudios que incluían la teología, el derecho civil, el castellano, el francés, y un latín muy llevado hacia la poesía de Virgilio, Horacio y hasta de Ovidio -nada que fuese de gran utilidad, en aquellos días, para el sustento cotidiano-, después de frecuentar una brillante sociedad romana que lo acogía calurosamente por su apellido, aunque ignorante de que, muy a menudo, falto de moneda para comer en fonda, lo que más apreciaba el joven en las recepciones -más que el escote de las hermosas damas, más que los bailes donde aparecía ya la licenciosa novedad de la valse, más que los conciertos dados por músicos famosos en ricas mansiones- era el llamado del mayordomo al comedor donde, a la luz de candelabros, sobre bandejas de plata entrarían las abundantes viandas que apetecían sus hambres atrasadas.