—A menos que desees ir allí por la mañana y cotejarlo personalmente… En realidad, eso sería más rápido.

Wolf se encogió de hombros.

—¿Por qué no? La noche está perdida de todos modos. Dejémoslo para mañana.

—Las probabilidades de perder así el registro que buscábamos debían de ser de un millón contra uno —dijo Larsen, aún queriendo disculparse.

—Más que eso, John. El disco borrador se copia a un archivo maestro poco después del acceso, así que siempre hay una copia de seguridad. El accidente debió de producirse antes de que pudieran obtener la copia para almacenamiento permanente. Nunca oí hablar de semejante cosa. Es una rareza. Mil millones de probabilidades contra una, quizás un billón contra una.

Estaba pensativo e insatisfecho cuando ambos se dirigieron hacia las atestadas calles.

—No he cenado y rompí una cita para seguir este asunto —dijo Larsen—. No he salido de la oficina desde que llegué esta mañana. ¿Qué hay de nuevo en las aceras móviles?

—Si hablas de mujeres, como de costumbre —dijo Wolf con aire divertido—, no me fijé demasiado cuando venía para aquí. Vi un par de tías nuevas esta tarde… parecían sacadas de la antigua Persia. Ojos fantásticos. Sería bueno que se pusieran de moda.

Se confundieron con los viandantes. Como la mayoría de los miembros de Control de Formas, Wolf y Larsen usaban formas simples, cercanas a las naturales. Tras años de adiestramiento en cambio de forma, reforzados por escalofriantes contactos con formas ilegales, el cambio de forma por placer o entretenimiento constituía una atracción dudosa para ellos. Sólo los tentaba experimentar una forma realmente extraña. Las máquinas de realimentación biológica de la Oficina de Control de Formas se usaban para el trabajo y la salud, casi nunca para la cosmética. Antes de acostarse, Bey trató su miopía con un programa propio, y resolvió someterse a un examen físico completo. Mañana.



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