La espera se prolongó. Al cabo de un minuto Larsen frunció el ceño, perplejo.

—No debería haber tanta demora. Cuando hice el último chequeo la respuesta fue casi instantánea. Quizá me equivoqué con el código de acceso.

Pulsó la tecla de interrupción y volvió a teclear el código. Esta vez parpadeó la luz de mensajes, y la pantalla dijo: CÓDIGO DE ACCESO NO CORRESPONDE A NINGÚN REGISTRO DE ARCHIVOS. COMPRUEBE REFERENCIA Y REINICIE.

—Maldición. No puede ser correcto, Bey. Usé el mismo código hace menos de una hora.

—Déjame intentarlo. Conozco los códigos de acceso de los supervisores de esa zona de almacenamiento central.

Wolf, mucho más familiarizado que Larsen con los ordenadores, se sentó a la consola. Tecleó, en lenguaje de control, los enunciados que le permitían el acceso al sistema operativo y empezó a examinar los archivos de almacenamiento. Al cabo de unos minutos congeló la imagen.

—Esa es la zona, John. ¡Mira qué mala suerte! El vaciado de datos muestra una disfunción de máquina en la sección de registros médicos, menos de una hora atrás. Se ha perdido todo un conjunto de registros… incluida la zona donde se almacenó el archivo que buscamos. Se borraron todos cuando falló el sistema.

El abatido Larsen meneó la cabeza.

—¡Qué accidente más inoportuno! Ahora será difícil hacer un seguimiento. Tendremos que llamar al Hospital Central y pedir un nuevo examen del trasplante de hígado. No les gustará, pero si buscamos al doctor Morris, del Departamento de Trasplantes, quizá nos arregle la situación.

—¿Esta noche?

—No —dijo Larsen, como disculpándose—. Hoy es imposible. Son casi las once, y Morris hace el turno de día. No podemos hacer nada hasta mañana. A lo sumo puedo llamar y dejar almacenada una solicitud para la mañana.

Se sentó ante el enlace de vídeo y se dispuso a llamar al hospital, pero se contuvo.



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