—O requieren gran cantidad de almacenamiento de datos, si se parecen a las ofertas de la primavera pasada. ¿Cómo andan los precios?

—De nuevo arriba. Y tienes razón, también necesitan más almacenamiento. Mira éste, John. —Wolf mostró el catálogo abierto—. Ya tengo mil millones de palabras de almacenamiento primario, y aún no puedo manejarlo. Necesitas cuatro mil millones de palabras para pedirlo.

Larsen soltó un silbido.

—Aun así, ése es nuevo. Es lo más parecido que he visto a una forma de ave. ¿Cuál es su promedio de vida? Apuesto a que malo.

Wolf consultó las tablas del catálogo y asintió.

—Menos de 0,2. Tendrías suerte si te durara diez años. Supongo que estaría bien en baja gravedad, pero de lo contrario no. De hecho, una nota al pie indica que puede servir para volar en gravedad lunar o más baja. Supongo que esperan tener buenas ventas en la FEU.

Cerró el catálogo.

—¿Qué dices, John? Creí que tenías una cita. ¿A qué viene esta llamada nocturna?

Larsen se encogió de hombros.

—Tenemos un misterio. Estoy desconcertado, y es uno de esos problemas ideales para ti. ¿Quieres volver esta noche a la oficina? Tú mandas, pero de veras me gustaría tener tu opinión.

Wolf titubeó.

—No planeaba salir. ¿No podemos resolverlo por la holopantalla?

—No lo creo. Pero quizá pueda mostrarte algo para persuadirte de que vengas. —Larsen alzó una hoja para que se viera en toda la pantalla—. Bey, ¿qué dices de este código de identificación?

Wolf lo estudió con mucha atención y miró inquisitivamente a Larsen.

—Parece bastante normal. ¿Conozco a esa persona? Déjame confirmarlo en mi ordenador personal.

Larsen calló mientras Wolf tecleaba los dígitos del código de identificación cromosómica, que había reemplazado a las huellas dactilares, las huellas de voz y los patrones retínales como método absoluto de identificación. El enlace entre su ordenador personal y los bancos centrales de datos era automático y casi instantáneo. Cuando llegó la respuesta, Wolf frunció el ceño y miró con fastidio a John Larsen.



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