—¿A qué juegas, John? No hay tal identificación en los archivos centrales. ¿Te la has inventado?

—Ojalá, pero no es tan sencillo.

Larsen estiró la mano y recibió un informe impreso.

—Te dije que era algo raro, Bey. Hace tres horas recibí la llamada de un estudiante de medicina. Esta tarde él estaba en el pabellón de trasplantes del Hospital Central cuando entró un caso de trasplante de hígado. El estudiante sigue un curso sobre análisis de cromosomas, y había faltado a una de las sesiones de laboratorio en que debían probar la técnica en un caso real. Así que tuvo la idea de hacer un chequeo de identificación con una muestra del hígado del donante, para comprobar si había aprendido bien la técnica.

—Eso es ilegal, John. No puede tener licencia para usar ese equipo.

—No la tiene. Lo hizo de todos modos. Cuando llegó a casa, entró el código de identificación en los archivos centrales y pidió la identificación del donante. Los archivos no tenían ninguna identificación similar.

Bey Wolf, escéptico pero intrigado, comentó:

—Habrá cometido un error de medición, John.

—Eso pensé al principio. Pero es un joven excepcional. Por lo pronto, llamó aun sabiendo que podría crearse problemas por hacer el análisis sin autorización. Le advertí que debía de haber cometido un error, pero dijo que lo había hecho tres veces, dos del modo habitual y una tercera con un método más rápido que quería poner a prueba. Obtuvo siempre el mismo resultado. Está seguro de haber manejado la técnica correctamente, y de no haber cometido errores.

—Pero no hay modo de falsear una identificación cromosómica, y todos los seres humanos están registrados en los archivos centrales. Tu estudiante nos está diciendo que analizó un hígado procedente de una persona que nunca existió.



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