
Mas aquel sábado, cuando ya todo se había venido abajo, Gold alcanzó a oír un retazo de conversación entre Joe Linder y Nahum Rosenfeld. Blandiendo el marco sin cristal, Joe le dijo a Rosenfeld en tono desafiante, casi a gritos, que el hecho de que se hubiera presentado la oportunidad de deshacerse de aquel retrato no significaba que tuvieran derecho a prescindir de él. Y Gold recordaba las palabras exactas: «No se quita de la pared el retrato de alguien sólo porque se haya suicidado». Joe y Rosenfeld estaban en la cocina y no advirtieron la presencia de Gold junto a la puerta. Después de todo lo que había vivido aquella mañana, la nueva revelación no lo conmovió particularmente.
Gold se apresuró a barrer los fragmentos de cristal y colocó la foto en la cocina junto a la pequeña nevera; hecho lo cual, se dirigió al almacén para coger las sillas. Eran poco más de las nueve y le quedaba mucho tiempo por delante, aun cuando calculaba que necesitaría unas cien sillas (gente de todo el país vendría a escuchar la conferencia de Eva Neidorf). Una vez que hubo colocado las sillas plegables en filas semicirculares, observó su obra satisfecho, aunque decidió traer algunas más de las habitaciones contiguas.
Al entrar en las habitaciones del Instituto, y sobre todo cuando estaba solo en el edificio, no dejaba de sorprenderse de lo apropiadas que eran para la función que desempeñaban. El primer cuarto en el que entró, situado a la derecha de la entrada, estaba en penumbra, como los demás, y sus altas ventanas y el pesado mobiliario creaban un ambiente solemne, misterioso. Siempre que descorría las espesas cortinas, Gold veía en su imaginación el interior de una catedral gótica.
En todas las habitaciones había un diván y, detrás, un recio sillón para el psicoanalista, un sillón que no era tan cómodo como parecía. (Todos los miembros del Instituto se quejaban de dolor de espalda. Y muchos de los terapeutas se colocaban discretamente un almohadoncito detrás de la espalda durante las sesiones de terapia.) En cada una de las habitaciones había cuadros de tonos desvaídos y algunas sillas de más que se utilizaban para los seminarios.
