Los seminarios semanales se celebraban a última hora de la tarde, por lo general los martes, y todos los estudiantes del Instituto asistían a ellos. En esas ocasiones, los cuartos se iluminaban bien y el ambiente lóbrego se disipaba ligeramente. Las sillas se disponían en círculo y de la cocina emanaba un aroma a café y a pasteles, a la espera del descanso, cuando todo el mundo bajaría a tomar un tentempié.

Una vez a la semana, con gran satisfacción de Hildesheimer, que deseaba «ver el edificio vivo y respirando», un gran bullicio animaba el Instituto, la calle se llenaba de coches y, durante el descanso para tomar café, un rumor de conversaciones e, incluso, de risas resonaba en el aire, mientras los profesores y los alumnos confraternizaban y se contaban anécdotas de las experiencias vividas a lo largo de la semana.

Pero nada era comparable a los sábados.

Los días de los seminarios, nunca faltaba alguien que saliera de algún despacho en el último momento y les pidiera a quienes habían llegado pronto que se retirasen unos instantes a la cocina para poder acompañar a su paciente hasta la salida manteniendo en secreto su identidad. Mas los sábados, hasta los pájaros madrugadores encontraban las puertas abiertas de par en par y sabían que, si se les antojaba, podían silbar una cancioncilla sin inmiscuirse en el mundo interior de las personas que otros días ocupaban los divanes.

Cierto era que no había suficientes gabinetes para acoger a los treinta candidatos y a todos los pacientes.

Cierto era, también, que la asignación de los gabinetes resultaba problemática, así como la programación de las citas, pero siempre que se presentaban quejas en las reuniones del Comité de Formación, el viejo Hildesheimer insistía en que los candidatos siguieran viendo a sus pacientes en el Instituto hasta que se convirtieran en miembros de pleno derecho. Había que utilizar el edificio, había que habitarlo, decía, según le habían contado a Gold.



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