Aunque Gold sentía afecto por «su» despacho, anhelaba el momento en que, en virtud de su veteranía, le permitieran trasladarse al primer cuarto situado a la derecha de la entrada; en la intimidad, se refería a él llamándolo el «despacho de Fruma», porque Fruma Hollander, una mujer soltera y sin hijos, había legado sus grandes y confortables muebles al Instituto; y los muebles, e incluso los mortecinos óleos de la habitación, retenían parte de la benévola cordialidad y de la alegría de vivir de su antigua dueña.

Gold se detuvo en el umbral del cuarto pequeño. Las cortinas estaban echadas y la oscuridad era tal que apenas si llegaba a distinguir el perfil de los muebles. Las descorrió mientras pensaba que todavía no había colocado las tazas de café ni distribuido los ceniceros. Él no fumaba, pero en el Instituto había fumadores.

El profesor Nahum Rosenfeld, por ejemplo, a quien los finos puros que siempre le colgaban de la comisura de la boca le daban un aire malhumorado y desabrido; si alguien no se tomaba la molestia de colocarle al lado un cenicero, Rosenfeld dejaba sembrado de colillas marrones el espacio que lo rodeaba. Su personalidad se dejaba entrever en aquella manera suya de aplastar un puro consumido contra el suelo y encender otro con la mayor indiferencia. A veces Gold se estremecía al identificarse compasivamente con el cigarro aplastado.

Gold se apartó de la ventana y echó un vistazo a la habitación. Su respiración se detuvo; literalmente dejó de respirar. Después, al tratar de describir cómo se había sentido, diría que había sufrido una conmoción, que su corazón se había saltado un latido.

En el sillón, el sillón del analista, estaba sentada la doctora Eva Neidorf. «Estaba allí sentada en persona», repetiría Gold con insistencia más tarde. Naturalmente, Gold no daba crédito a lo que veía. Se suponía que la conferencia iba a empezar a las diez y media y aún no eran las nueve y media; Neidorf había regresado de Chicago la víspera; y, además, nunca llegaba con antelación.



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