Aunque no se podía decir que la gente se peleara por las habitaciones, las diferencias de veteranía y de estatus que había entre los candidatos se ponían claramente en evidencia. Ni que decir tiene que a un candidato recién llegado se le asignaría el cuarto pequeño, mientras que un candidato veterano con tres pacientes podría elegir la habitación que más le conviniera.

En el cuarto pequeño había poco espacio, desde luego, pero su mayor inconveniente era que estaba situado junto a la cocina. Las voces de quienes conversaban en susurros mientras tomaban café en los breves intervalos entre paciente y paciente, el timbre del teléfono, la voz queda y vacilante de la secretaria contestando a las llamadas…, todos aquellos sonidos lograban penetrar en el cuarto a pesar de los persistentes esfuerzos por aislarlo; como el de colgar una doble cortina por la parte interior de la puerta.

Los pacientes tratados en aquel cuarto nunca dejaban de reaccionar ante el fenómeno en cuestión. Gold pasó muchas horas dando distintas interpretaciones a su segundo caso, una mujer que nunca se sobrepuso a la sospecha de que sus palabras se oían en la habitación contigua.

Pero los sábados, cuando los miembros del Instituto se reunían para asistir a conferencias y realizar votaciones, todo estaba permitido. Las ventanas se abrían de par en par y la luz límpida y dorada de Jerusalén y del mundo exterior penetraba en los despachos. Aquel sábado, Gold entró silbando en el cuarto pequeño para coger la última silla. El cuarto pequeño, que era donde él trabajaba, tenía un aire familiar, amigable.



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