
Con aquel tono profético, mi padre me tendió la mano. Se la estreché y, al cabo de cinco minutos, salió por la puerta. Nunca más volví a verlo.
3
Lo único que mi madre requería de mí era que mantuviese un grado razonable de silencio y que no la cargara preguntándole qué pensaba. Implícito en ello estaba su deseo de que fuera moderado en la escuela, en los juegos y en casa. Si mi madre pensaba que aquella orden era un castigo, se equivocaba: yo, mentalmente, podía ir a donde se me antojara.
Como los demás muchachos del barrio, fui a la escuela primaria de Van Ness Avenue; allí obedecí, reí y me sentí herido por tonterías, pero mientras que los otros chicos encontraban su dolor/alegría en estímulos externos, yo hallaba los míos reflejados en una pantalla de cine que se alimentaba de mi entorno, especialmente formateada para ser proyectada dentro del cerebro mediante un dispositivo mental que, con la precisión de un cuchillo, siempre sabía exactamente lo que yo necesitaba para no aburrirme.
Las proyecciones discurrían como sigue:
La señorita Conlan o la señorita Gladstone se hallaban ante la pizarra, perorando tediosamente. A medida que crecía mi aburrimiento, la maestra empezaba a desvanecerse y mis ojos comenzaban a rastrear, de manera involuntaria, en busca de algo que me mantuviera mentalmente despierto.
Los niños más altos nos sentábamos en la parte posterior del aula y, desde mi pupitre en el extremo izquierdo de la fila, tenía una perfecta visión hacia delante y en diagonal; una visión que me ofrecía instantáneas de perfil de todos mis compañeros de clase. Con la imagen y la voz de la maestra reducidas al mínimo, las caras de los otros niños se disipaban y se formaban rostros nuevos; fragmentos de conversaciones susurradas se unían hasta que toda suerte de híbridos chico/chica me declaraban su devoción.
Que me amaran en un vacío era como una fantasía y los sonidos de la calle se me antojaban música. Pero un movimiento repentino dentro del aula o el estrépito de los libros fuera, en el vestíbulo, lo estropeaban todo. Pieter, el chico alto y rubio que se sentó a mi lado desde tercero hasta sexto grado, de venerador confiado se convertía en monstruo, y el nivel de ruido determinaba que sus rasgos fueran más o menos grotescos.
