
Después de unos prolongados momentos de sobresalto volvía a percibir la parte delantera del aula, me concentraba en los escritos de la pizarra o en el monólogo de la maestra y, como si creyera que podía salir indemne de mi acción, intercalaba algún comentario. Hacerlo me tranquilizaba y atraía las miradas de los demás chicos, que a su vez encendían una parte de mi cerebro que medraba a base de crear caricaturas crueles y repentinas. Al poco, la bonita Judy Rosen tenía los grandes dientes de macho cabrío de Claire Curtis y el comedor de mocos secos, Booby Greenfield, surtía de pelotillas a Roberta Roberts, arrojándolas sobre los jerséis de cachemira que ella se ponía siempre para ir a la escuela, hiciera el tiempo que hiciese. Me reía para mis adentros y a veces lo hacía en voz alta. Y seguía preguntándome hasta dónde podría llevar aquello, si sería capaz de refinar el mecanismo de modo que ni siquiera el ruido malo me hiriera.
En cuanto a las heridas, sólo los otros niños eran capaces de hacerme sentir vulnerable y, con apenas ocho o nueve años, la incómoda sensación de ser cautivo de unas necesidades irracionales de unión ya resultaba física: una sacudida premonitoria del terror y del desespero que ocasionan las actividades sexuales. Me opuse a la necesidad negándola, encerrándome en mí mismo y mostrando una cara truculenta que no soportaba tonterías de mis compañeros. En un artículo reciente de la revista People, media docena de vecinos -que tenían mi edad cuando yo era niño- hablaban de mí y los adjetivos que más utilizaban para describirme eran «raro» «extraño» y «retraído». Kenny Rudd, que vivía al otro lado de la calle y que ahora diseña juegos de baloncesto para ordenador, era el que más se acercaba a la verdad: «Lo que se decía era: "No (…) a Marty, es un psicópata." No sé, pero quizás era más cuestión de miedo que de otra cosa.»
